martes, 19 de noviembre de 2013

Héroes de fuego

En esta oportunidad quiero compartir una nota que realizó Camila Belén Zarandón. Camila, quiero decirte que me encantó la nota, hay una gran escritora en vos. Me siento halagado y a la vez siento que me queda grande, gracias por tan lindas palabras, creo que no merezco tanto. Si siento que estos locos que eligen ser bomberos voluntarios, que están hace años sirviendo a su comunidad, son verdaderos héroes y es un placer para mí estar cerca de ellos. 
Abajo la transcribo y para el que quiera ver más puede hacerlo en su blog: www.periodismotranserrano.blogspot.com.ar




HÉROES DE FUEGO

            El intenso anaranjado del amanecer presagiaba una jornada calurosa. La naturaleza recibía al nuevo día con el singular sonido del trino de las aves y el desliz alborotado de lágrimas de polvo. En el ambiente se respiraba tristeza y sequía.
            Pablo Busse salió al patio de su casa dispuesto a alimentar a los pájaros que cada mañana lo visitaban. Inspiró profundo y observó el paisaje. El verde amarillento cubría árboles y pastizales, mientras que una gama de grises revoloteaba en torno a la brisa. Dirigió su mirada a las majestuosas sierras cordobesas, esperando deleitarse nuevamente con la espectacular vista que ofrecían, pero se sorprendió. Al filo de las mismas se distinguía una columna de humo. “Un incendio” pensó. De inmediato llamó al cuartel de Bomberos Voluntarios de la localidad de Los Hornillos y expresó su deseo de colaborar en la lucha contra el fuego. “Estoy a su disposición” dijo con ímpetu.

            Pablo es oriundo de la Ciudad de La Plata. Tiene 42 años y cuenta con una amplia variedad de profesiones en su haber: coach ontológico, administrador de empresas, practicante de aikido, piloto de aeronaves y escritor en el blog www.permitidovolar.com . No obstante, para ver realizado su afán de servir al prójimo tuvo que recorrer un largo camino. A fines del año 2012 abandonó su ciudad natal en busca de nuevos horizontes. Es así que junto a su esposa y sus dos hijos menores se estableció en Nono, un tranquilo y pintoresco pueblo con alma de artistas, colmado de historias y surcado por ríos de aguas cristalinas, que se ubica en el corazón del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba. Allí su ideal de aventura y prestación comenzó a tomar forma. Un frío día invernal leyó un mail enviado por la Cámara de Comercio del pueblo, que lanzaba una convocatoria para conformar el cuerpo de bomberos voluntarios del destacamento de Nono, inaugurado el pasado 2 de junio en honor al Día del Bombero. Entusiasmado, aceptó gustosamente.

            Ese martes 10 de septiembre, Pablo se propuso continuar con su rutina diaria. Por teléfono le habían dicho “Cualquier cosa te avisamos. Tenemos que esperar que baje un poco más, para que nosotros podamos llegar”. Sin embargo, un insistente pensamiento se había instalado en su mente “tengo que ir” se repetía, “algo puedo hacer”. Si bien sólo era un aspirante  que contaba con poco tiempo de entrenamiento, coraje, brío y determinación lo impulsaban a actuar. Recordaba la energía que invadía su cuerpo cuando de pibe veía películas en las que intervenían los bomberos, quienes rodeados por un aura de audacia y valentía rescataban a la gente y acometían las llamas. Estaba muy movilizado.
            Decidido se dirigió al cuartel de Los Hornillos, donde se informó más sobre el tema. El incendio tenía origen en el Valle de Calamuchita, situado al otro lado de las Sierras Grandes. Era tanta su magnitud que había logrado cruzar la cima y estaba bajando rápidamente por la falda oeste rumbo a Las Rabonas, localidad limítrofe a Nono y a Los Hornillos. También escuchó comentarios acerca de que eran muy pocas las personas con las que se contaba para subir a las cumbres. “Yo voy” dijo muy convencido. Una hora más tarde vestía un mameluco anaranjado, portaba los elementos necesarios en una mochila y para su deleite, sobrevolaba el Valle de Traslasierra en un imponente helicóptero del ejército. Estaba listo para su bautismo de fuego.
            Emprendió la drástica aventura junto a nueve compañeros, quienes comprometidos con su labor no sólo cargaban en sus espaldas líneas, mochilas de agua, frutas y bebidas, sino también valor, convicción y nobleza. Fueron 14 horas de intensa lucha. El gigante avanzaba intrépidamente, devorando todo a su paso. Árboles centenarios y flora autóctona sucumbían ante el monstruo de luz y calor. El agua no era suficiente. La sequía y las altas temperaturas complicaban aún más la situación. Los bomberos peleaban cuerpo a cuerpo contra el fuego, lo azotaban enérgicamente con chicotes, deseando que su esfuerzo dé resultado.
            Cuando el incendio parecía estar controlado, surgió otro obstáculo: comenzó a soplar viento en dirección este a unos 30km/h, factor que reavivó las llamas. Reanudaron la batalla, pero el enemigo parecía no ceder.

            “Me sentía tan vivo como el mismo fuego… -me dice con un brillo en los ojos-. Hubo momentos en los que no daba más, tenía los brazos muy cansados. Igual hay como una fuerza que te sale de adentro, que te impulsa a seguir. Te acalambras pero seguís, te duele pero seguís”. Agrega también que en todo momento se sintió cuidado por sus pares, quienes estaban atentos a todos los detalles y lo guiaban y apoyaban en la ardua tarea. “Vi un equipo muy unido, que respondía a las instrucciones de Santiago”.

            Fue justamente Santiago quien, al percibir el agotamiento del grupo, tomó la desición de regresar. El descenso fue largo y duro, la geografía del terreno y el cansancio acumulado imposibilitaban la marcha. Luego de horas de caminata, llegaron al lugar donde los esperaba la camioneta encargada de transportarlos al cuartel; allí recuperaron fuerzas con comida caliente y bebidas hidratantes. Estaban extenuados, pero su interior ardía de satisfacción y felicidad ante la certeza de haber realizado su mejor esfuerzo.

            Santiago Ramírez es jefe del Destacamento de Bomberos Voluntarios de Nono. Cuenta con una amplia experiencia al servicio de la comunidad. Comenzó hace 11 años como integrante de una patrulla que se dedicaba a la prevención y combate de fuegos chicos. Pero su prestación crecía junto con él, que por entonces sólo tenía 18 años e ingresó al cuartel de la localidad de Mina Clavero. Luego se incorporó al cuerpo de bomberos de Los Hornillos, donde actuó con éxito hasta que el destino lo trajo a su lugar de origen, Nono.
            Se refiere a su vivencia en el incendio de septiembre con el profesionalismo que lo caracteriza “Tuvo lugar en cercanías a Las Rabonas, donde fueron afectadas aproximadamente 8.000 hectáreas, en las cuales trabajamos seis días para llegar a hacer la extinción total”. Menciona que se hizo hincapié en los sectores bajos de las serranías, para evitar que las llamas llegaran a las zonas pobladas. La operación fue compleja, ya que hubo varios momentos en los que el fuego cobraba intensidad y era imposible controlarlo. Además, un terreno rico en laderas, paredones, piedras y pastizales dificultaba el accionar del equipo.
           
            Durante seis días los habitantes transerranos fueron tristes testigos del sufrimiento de la naturaleza. Miraban al cielo y rogaban por agua, por gotas que calmasen el aullido infernal de la tierra. Estaban hastiados de la sequía que imperaba en un ambiente sin lluvias desde hacía más de cinco meses. Un sinfín de sensaciones invadía sus cuerpos al tiempo que alentaban fervientemente a las diferentes dotaciones que se arrojaban con denuedo a cumplir su difícil misión.
            Con el operativo de extinción colaboraron también las entidades gubernamentales, que aportaron helicópteros, aviones hidrantes y personal especializado. Los civiles más intrépidos tampoco permanecieron ociosos, con un espíritu de hierro acataron las órdenes de los bomberos y se sumaron a la lucha. Su cooperación resultó inestimable. Una comunidad fuertemente unida donaba con ahínco materiales y alimentos.
           
            “La buena voluntad de la gente para ayudar era increíble, nunca habíamos vivido una situación de tanta solidaridad” sostiene Daniela Romano, una joven de 26 años que se desempeña como instructora de aspirantes menores en el cuartel de Los Hornillos. Con una sonrisa nostálgica relata que se unió hace 11 años motivada por las excursiones al aire libre y el contacto con el medio ambiente. A medida que el tiempo transcurría, se fue interiorizando con las actividades propias de la tarea humanitaria que definió su vocación de servicio.
            En el combate del gran foco de septiembre, Daniela cumplió un rol fundamental; se encargó de la organización del cuerpo de bomberos, brindando el apoyo logístico necesario para cumplir el objetivo. No ascendió a la zona en crisis, su tarea estuvo concentrada en la base de las sierras y en el cuartel. Registró en el libro de guardia cuantas personas subían, con qué medios de comunicación contaban, qué herramientas transportaban, quién estaba a cargo. Además informó constantemente de la situación a una sociedad alerta que se hacía eco del siniestro mediante las redes sociales. “Había que tranquilizar a la gente, informarle que estábamos trabajando. Explicarles también que algunos lugares eran inaccesibles. Somos bomberos, pero no volamos”.
            Le pregunto cómo es el vínculo entre compañeros al momento de afrontar estas penosas circunstancias. “En el trabajo surge el verdadero equipo” responde, orgullosa de pertenecer al mismo.
           
            El incendio que azotó a este sector de Traslasierra finalmente fue controlado el domingo 15 de septiembre, cuando la tan anhelada lluvia se hizo presente. Pero el alivio fue total al día siguiente. Para diversión de los niños y sorpresa de los adultos una intensa y copiosa nevada cubrió de blanco valles y serranías. Fue un regalo del cielo que llegó en el momento justo. Los copos invadieron la zona afectada. Luego del rastrillaje y la guardia de cenizas correspondientes, los bomberos pudieron al fin descansar.


                       
            Pablo narra su experiencia con sencillez y emotividad. “Me gusta sentir que servís”, dice convencido de su labor. Aunque todavía permanece incrédulo ante las muestras de agradecimiento de algunos pobladores, que lo ven en la calle y se acercan a felicitarlo y estrechar su mano.
           

            Es domingo 10 de noviembre. Ya han pasado dos meses de aquel terrible incendio. Pablo lo recuerda como una aventura inolvidable que marcó un hito en su espíritu. Extasiado de memorias se sube a su camioneta y se dirige al lugar de prácticas. Está entusiasmado ante la perspectiva de reencontrarse con sus compañeros, con aquellos héroes anónimos en los que se puede confiar en todas las circunstancias de la vida. El vehículo avanza pesadamente por las calles polvorientas, al tiempo que la naturaleza brilla de un atardecer color fuego.  

viernes, 12 de julio de 2013

Tres días en vuelo (2° parte)


Caleu arranca, acelerador a tope, velocidad sobre el césped, cuando el
velocímetro marca 50mph traigo la palanca hacia mí, se nota que vamos con más peso que de costumbre a pesar de que el equipaje es mínimo, 5 litros de aceite para preparar mezcla, un bidón de 20litros para buscar combustible, una bolsa donde llevo mi poncho por si puedo hacer noche dentro de algún hangar y mi bolsito con toda mi documentación y la de Caleu. Ahora flotamos y comenzamos el ascenso. El cielo sigue cubierto por esa masa densa de color gris que oculta lo mágico del celeste, que me significa ese espacio de libertad hasta el infinito. Igual no hay forma de no sentirme libre aquí arriba.
            El vuelo transcurre ahora movidito, es un horario de térmicas, que a pesar de estar nublado y hacer frío, están aquí. Caleu se mueve un poco, es como si nos agarraran desde arriba y tiraran hacia allí y de golpe nos sueltan, esto sucede muchas veces y rápido, ahora el ala derecha es la que sube, un poquito de palanca para ese lado entonces; y así, acomodándonos a estos movimientos, seguimos.
Estoy sentado aquí con Caleu, mientras él intenta hacer el viaje lo más suave posible yo regreso el tiempo atrás. Me veo sentado en la silla, dentro de la casa de Matute, con un pie haciendo base sobre el suelo, la otra pierna cruzada, apoyando el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha, formando un triángulo que hace de cuna para Luca. Duerme tranquilo, sabiéndose cuidado, acaba de conocerme y ya confía en mí, veo al bebé más hermoso del mundo, soy nuevo en esto de ser abuelo, apenas unos días, me siento impactado, ¿yo abuelo?, ¡si todavía no se que voy a ser cuando sea grande! Sin embargo creo que va a estar bueno, que puedo llegar a ser un abuelo piola, divertido y que puede tener algo para enseñar.
La ruta allí abajo llega a un punto que forma una T, sigo derecho, sin ruta de guía, según el mapa en unos kilómetros cruzaremos la 8 que es la que seguiré. Veo un ave a la izquierda, está cerca, creo que es una gaviota, de pronto se cruza por delante, palanca y pedal a la izquierda y la dejamos seguir su vuelo hacia el norte.
            Veo que queda poco combustible, avanzamos más lento de lo que pensaba, sobre la ruta, en una entrada a una pequeña población hay una estación de servicio y un poquito más adelante campo libre al costado de la ruta, me sobra espacio para bajar y está limpio y despejado, vuelta y abajo. Bajo la potencia y me acerco cada vez más al suelo, palanca atrás, pero en vez de apoyar sobre el suelo caigo unos cuantos centímetros y apoyan las ruedas con un salto, nos detenemos y bajo. Observo y encuentro que el soporte de la rueda izquierda se dobló un poco, reviso bien, no es algo importante, no veo que vaya a tener inconvenientes con esto, voy a llegar hasta Mina Clavero, que es mi destino y una vez allí sacar la pieza para dejarla derechita.
            Cruzo a la estación de servicio en busca de combustible, está a unos 300 metros aproximadamente.
-          Buenas tardes, puede ser 20 litros de Súper – pregunto.
-          Si, como no.
-          ¿Dónde estoy?
-          En La Luisa, sobre ruta 8.
-          Gracias.
Vuelvo al lado de Caleu, un auto se estaciona en frente de la ruta y desde adentro observan, nadie baja, creo que vinieron a ver el despegue. Preparo la mezcla, paso el combustible al tanque, hago un chequeo a Caleu. El auto se aburrió de esperar y se va. Enciendo motor y al aire nuevamente.
Seguimos avanzando, la idea original era salir hoy a las 8am y llegar hasta Río Cuarto para hacer noche, plan que ya se modificó pues salimos a las 11hs, y además avanzamos más lento de lo que había calculado, ahora me propongo llegar hasta Hughes y allí ver si tengo un rato más de luz o si me quedo a hacer noche.
La ruta allí abajo, en este tramo, es una gran recta. Pasamos varias poblaciones, la mayoría conectadas por un camino hasta la ruta, pequeñas poblaciones, calculo que de vida muy tranquila y de producción de los inmensos campos que hay alrededor.
Adelante aparece otra población, pero esta es más grande. Acercándonos se distingue ahora muchos edificios, y un barrio de casas igualitas hacia el norte. Mi ruta guía se transforma en la avenida principal, voy bordeando la ciudad por el norte, intentando no perder de vista la ruta que ahora está en medio de la ciudad. Consultando el mapa me digo que esto debe ser Pergamino. Ya del otro lado de la ciudad, perdí de vista mi ruta guía, tomo un poco más de altura y distingo la avenida que se convirtió en una calle de tierra. Observo el mapa nuevamente y veo que aparte de la ciudad solo se cruzan dos rutas, una que viene del sur-oeste hacia el nor-este y la otra es la 8 que va para el nor-oeste, así me oriento de nuevo y distingo cuál es mi ruta, allí vamos. A mi izquierda una pista, al costado de la ruta, se ven aviones más grandes y ultralivianos, veo que un grupo de gente me observa, muevo las alas para saludar y continúo con mi vuelo.
Otro rato en vuelo, a mi derecha tengo una pista, aquí podría bajar por combustible. Me acerco y veo todos los hangares cerrados, no hay autos, ningún movimiento, aquí no hay nadie. Hago una pasada y vuelvo para ver si alguien ha salido y nada. Miro el combustible, tengo para un rato más, mejor sigo hasta la próxima.
Pasan varios minutos, tal vez media hora.  Abajo hay ahora otra población, consulto el mapa, esto debería ser Hughes, el mapa me muestra una pista. No la encuentro. Continúo un poco más pero no aparece. Queda pocos minutos de día,  la noche reclama su lugar. Las nubes se fueron y dejaron el cielo al desnudo.
 Vuelvo y decido bajar en un campo que está al lado de una pista de carting, donde hay un grupito de personas que observan y otros que están corriendo. Observo el terreno y luego bajo. Aterrizaje suave, algunos saltitos por el terreno que hizo de pista. Carreteo un poco para acercarme al lugar donde hay gente. Quietos, detengo el motor. De golpe nos inclinamos hacia la izquierda, Caleu está herido,  el soporte de la rueda, el que pensé que iba a llegar hasta el final de este viaje se dio por vencido. Me saco el cinturón, me bajo, lo miro y pienso: que macana amigo.
Me acerco hasta donde está la gente.
- Hola, buenas tardes.- saludo.
- Hola, ¿que te pasó? – me dice uno de los que estaban allí.
- No encontraba dónde estaba la pista y bajé a preguntar, pero ahora tengo un problemita más.
- Si, veo. Dame un minuto que llamo a Fernando, que el anda siempre con los aviones.
En unos veinte minutos Fernando y Jorge, su amigo, se hicieron presentes. Coordinamos acciones, Jorge se fue en busca de un trailer en donde subir a Caleu y con Fernando nos quedamos desarmando el soporte de la rueda.
- Te vi pasar por arriba de la pista, pensé que ibas a bajar allá, pero pasaste de largo.
- No te puedo creer, le pasé por arriba y no la vi. Mi idea era bajar allí.
- ¿De dónde venís?
- Salí de Poblet, La plata, esta mañana y voy hasta Mina Clavero. La idea era llegar mañana, pero ahora con esto, no se, y para sumarle me agarra muy justo de dinero, recién estoy empezando allá.
            Llega Jorge con camioneta y trailer, la noche se hace presente también. Subimos a Caleu y comenzamos el traslado hasta el aeródromo que está cerquita. Adelante conduce Jorge, atrás viene Fernando con el auto, iluminando,  más atrás Emiliano con su camioneta y yo subido al trailer, sosteniendo a Caleu. Primeros cuarenta metros y está la tranquera del campo, muy despacio avanzamos, hasta que vemos que las alas tocarían en los postes de la tranquera. Emiliano se acerca y él de un ala y yo de la otra vamos levantando para que pase. Ya está afuera del campo, vamos por un camino viejo, en el que hay montañas de escombros y árboles talados a la altura de las alas. Continuamos a paso de hombre, bajándome para levantar un ala cuando es necesario. Etapa superada, estamos ahora en una calle de asfalto, avanzamos, lomo de burro, despacito. Camión estacionado a la izquierda, nos vamos hacia el otro lado y casi raspando pasamos. A la derecha árboles, vuelta hacia la izquierda y seguimos. Otro lomo de burro, despacito de nuevo. Ahora hay varios autos estacionados, el ala derecha pasa por arriba de ellos. De frente viene un camión, por suerte es una calle interna que da a un matadero, así que viene despacio. Nos vamos bien a la derecha y le dejamos el espacio justo para que pase. Seguimos los pocos metros de asfalto que quedan y ahora el camino es de tierra, pero enseguida aparece la entrada del campo dónde se encuentra el aero. Para cruzar la tranquera nuevamente tenemos que levantar las alas con la ayuda de Emiliano. Veinte metros más y tenemos a la derecha árboles y a la izquierda un poste de luz. Jorge hace unos intentos de maniobras, pero no hay caso. Desenganchamos el trailer y a mano lo maniobramos, lo ponemos de costado y luego lo giramos y así logramos que pase. Enganchamos nuevamente y avanzamos, se repite la última situación y repetimos la solución. Otra vez más enganchamos y ya hemos llegado al lado del hangar, solo tenemos que pasar por una última tranquera bastante alta. Desenganchamos y seguimos a mano. De cola hasta estar bien cerquita del alambrado, giramos, levantamos la punta del ala para que no toque el poste y ya tenemos un ala adentro, descanso de un instante y seguimos con el otro ala de la misma manera. Listo, está al lado de la puerta del hangar, hoy duerme afuera ya que adentro no hay lugar. Lo tapo.
- ¿Dónde vas a dormir? – me pregunta Fernando.
- No se, cuando veníamos para acá pasamos por la puerta de un hotel. – digo.
- Esperá que te averiguo si podés dormir acá.
- Uy, que bueno, sería genial. – contesto.
- Escuchame Pablo, si querés me llevo el soporte y mañana en cuanto abro el taller me pongo a reparar esto. – me dice Jorge.
- Buenísimo, eso sería un lujo.
Jorge tiene allí un taller metalúrgico y suele hacerle algunos trabajos para el aero. Emiliano tiene un camión, él fue quien llamó por teléfono y estuvo en todo momento a disposición. Nos saludamos y agradezco toda la movida que han hecho solo para dar una mano a esta persona que soy yo.
Llega Fernando y me dice que ya está arreglado, que me quedo a dormir ahí en la casa, donde vive Antonio y su sobrino Agustín. Vamos hacia la casa, que está al lado del hangar, y me presenta con Agustín y me muestra dónde voy a dormir, en un dormitorio hay unos colchones y mantas para pasar la noche.
- Che Fernando, ¿me alcanzás que voy para el pueblo? Pablo, vos ponete la tele y buscá que algo debe haber para comer – dice Agustín.
- Gracias Agustín pero ya es mucho, mejor me voy con vos hasta el pueblo y como algo allá.
            - Bueno, como quieras.
            Nos subimos al auto con Fernando y nos dejó en una estación de servicio. Antes de bajar Fernando saca $100 y me dice:
- Tomá, por si andás medio corto, comé bien.
- No, gracias che, fue un comentario eso, pero para comer tengo.- agradezco y no acepto.
Bajo y también baja Agustín, compartimos un café en la cafetería de la estación de servicios, que no me dejó pagar, y en un rato nos contamos nuestras historias. Se va, hago algunos llamados contando dónde estoy y ceno un impresionante y delicioso sandwich de lomo completo con un plato de ensalada, estaba hambriento, en mi estómago solo había unos mates que tomé a las 9 o 10 de la mañana, hoy me olvidé de almorzar y ni me di cuenta.
Converso un poco con la chica que atiende el lugar y en eso llega Antonio, a quién no conocía, pero él entró y dijo:
- Hola, ¿vos sos Pablo no?
            - Si, hola, mucho gusto.
            - Mirá, vamos a esperar un poco que en un ratito tiene que llegar una amiga de mi hijo que es artesana, que también se va a quedar en casa. – ahí entendí que era Antonio, el que me daba alojamiento.
            Antonio debe tener unos setenta años aproximadamente, conversamos un rato, hasta que llegó Paz, la chica que estábamos esperando, con su hijo de unos 3 o 4 añitos, calculo, se sumó Agustín y juntos a pie volvimos hasta la casa.
            La noche era fría, pero la casa estaba bien calentita gracias a esa especie de salamandra a leña. Compartimos un te y rato de charla en la cual nos conocimos y supimos un poco más de cada uno. Trasladé mi colchón a la cocina, para dejarle la pieza a Paz y su niño y nos fuimos cada uno a su cama.
            Hice un ratito de taiso, gimnasia para la salud,  y me acosté. Ya con la luz apagada pensé en todo lo que había vivido hoy, en las encantadoras personas que conocí, en lo increíble de cómo cada una de estas personas se puso a disposición para ayudar como sea, yendo a buscar combustible, trayendo un trailer para el traslado, haciendo fuerza para ayudar a llevar a Caleu, dándome alojamiento, ofreciéndome su dinero para mi cuidado. Estoy sorprendido, si bien yo soy un creyente de que la gente en general es buena gente, y suelo tener buenas experiencias con las personas, esto de hoy me ha dejado impactado y fascinado.
            Siento el cansancio de todo un día vivido a pleno, los párpados pesan y se cierran. La respiración se hace más profunda. Duermo.


sábado, 6 de julio de 2013

Tres días en vuelo (1° parte)


El cielo está gris, el frío se esparce en el campo, se acomoda y se queda, es su estación preferida del año. En el aeródromo se hace sentir y se lo combate con mates calentitos y conversación. Pasa gran parte de la mañana entre preparativos, chequeo, hacer combustible y otros menesteres. El momento de volar ha llegado, nos espera una linda travesía, 950km en 2 días, saludos, abrazos y en marcha.
Bombeo desde la bombita cebadora, el combustible comienza a subir por la manguera, pasa por el filtro de nafta, por la bomba y llega hasta el carburador, dos bombeos más y ya se siente la presión de que está todo lleno. Miro alrededor, pongo en contacto y grito:
-          ¿Libre? –alguien confirma y devuelve también en voz alta.
-          ¡Libre!!
Tiro de la piola y en el primer intento Caleu arranca, él también estaba esperando este momento, quería conocer su nueva casa, allí en traslasierra, del otro lado de las altas cumbres, con ese paisaje tan diferente, esa belleza que tienen las sierras y los ríos de montaña, todo un cambio de vida para los dos, en realidad para más de dos pues ya me están esperando allí esa flaquita divina que es mi esposa, mis dos niños más chicos, Mork y Mindy, nuestros perros y Mishi Mini Minina, la gata.
El motor ya calentó, cinturón de seguridad abrochado. Hace frío y la cabina de Caleu es abierta así que estoy bien abrigado, por fuera se ve el camperón que tapa hasta la nariz, la bufanda, gorro de cuero con orejeras, auriculares, guantes abrigando las manos. Miro alrededor, saludo con la mano y comienzo a carretear hacia la pista.
La manga cuelga indicando que no tenemos viento, no hay nadie a la vista allá arriba, así que voy hasta la cabecera, observo un instante más el lugar. Siento algo de tristeza, se que voy a extrañar a este lugar y a esta gente, aquí conocí lo que era un avión ultraliviano, aquí aprendí a volar, aquí conocí y compré a Caleu, aquí hice buenos amigos, aquí compartí asados y fiestas, aquí volé todas las semanas estos últimos cinco años. Todo esto es algo que queda grabado, que no se olvida. También siento alegría pues estoy yendo a vivir al lugar que elegí para vivir, soltando un montón cosas buenas y lindas por otras que vendrán que seguramente también serán buenas y lindas, ya que para mí, el que sean buenas y lindas dependen más de el que las ve que de las cosas en sí mismas.
El reloj marca las 11 en punto. Potencia a fondo, velocidad sobre el césped, las ruedas sueltan el suelo y ahora las alas se hacen cargo. Adiós Aeródromo Poblet, o PBE como te llamamos los amigos.
Ascendemos a 500 pies, palanca a la derecha para corregir el rumbo hacia el nor-oeste, aquí arriba tengo viento en contra, por suerte es suave. La ruta 2 pasa por debajo y rápido distingo la 215 allá adelante, la rotonda y la 6 que va a ser mi guía en este primer tramo. El GPS está disponible, pero elegí guardarlo y guiarme con el mapa y las rutas, para mi hay una gran parte de la aventura que se pierde si lo utilizo, y el sentido de este viaje es esa aventura, creo que mientras me mantenga transitando aventuras seguiré siendo niño. Si, ya se, un niño de 41 años, con las primeras arruguitas en los ojos, el pelo plateado, papá y abuelo, pero con eso que distingue a los niños: el disfrutar, el maravillarme por las cosas de la vida y por todo lo que hay por aprender, el divertirme, el encontrar el juego, el ver  sin la gravedad que le ponemos los adultos a las cosas.
El campo sigue desplazándose hacia atrás lentamente, el cielo continúa cubierto y hay una especie de bruma aquí arriba que disminuye un poco la visibilidad. Todavía no aparece la pista de General Rodriguez, mi plan es llegar a San Antonio de Areco para hacer combustible y seguir. Una bandada de pájaros más abajo muestra su impecable vuelo en formación. Eso de allá adelante debe ser la pista. Mientras tanto la ruta de asfalto a veces se acerca y otras se aleja con sus curvas, con Caleu seguimos derechito sin perderla de vista. Lo que creí que era la pista cuando estuvimos más cerca nos dimos cuenta que no lo era. Esto es diferente que volar en terreno conocido donde con una mirada alrededor encontrás algo que te orienta.
La pista de Rodriguez pasa a mi izquierda, en dos oportunidades estuve allí abajo disfrutando de esos impresionantes festivales aeronáuticos, viendo todo tipo de aviones, nunca había venido volando, una parte de mi quiere bajar, la otra me dice que continuemos con el plan que nos trazamos, en unos instantes nos pusimos de acuerdo y decidimos continuar volando.
Eso de allí debe ser la autopista 7, o sea que esa población que vimos a la izquierda hace un ratito tiene que haber sido Luján. Seguimos adelante. Chequeo el combustible y veo que no voy a llegar a donde me había propuesto, así que decido bajar, al costado de la ruta hay un buen espacio para usar de pista, hago una primera pasada baja para observar de cerca. Si, está en condiciones, subo nuevamente, dibujo un círculo completo y abajo, las dos ruedas del tren principal tocan el pasto, la de nariz sigue en el aire, ahora hace contacto con el suelo también, carreteo uno poco, quietos, contacto en off. Me desabrocho el cinturón y me bajo, Caleu descanza un rato, yo me estiro, me saco los guantes y observo que viene un hombre que sale de una casa que hay allí cerquita y otro que del frente viene con su auto.
-          ¿Todo bien? – me pregunta el del auto.
-          ¿Qué pasó? – pregunta el otro.
-          Nada, tengo muy poco combustible, necesitaría cargar, ¿hay una estación de servicio cerca? – contesto.
-          Si, acá cerca hay una estación de servicio, ¿si querés yo voy con el auto? ¿Qué nafta lleva?

Mientras el muchacho del auto fue a buscarme combustible me quedé conversando con sus hijos y con el otro hombre. El más chiquito pidió subirse a Caleu y el hermano mayor le sacó fotos con el celular. Habrán pasado unos veinte minutos y ya tenía el combustible conmigo, preparé la mezcla, lo trasvasé al tanque de Caleu.  Más fotos, agradecí por la gauchada de poner a disposición su tiempo y su auto y también por la conversación, saludos y a emprender el vuelo nuevamente.

lunes, 21 de enero de 2013

Volando con amigos de alas propias



Son las 7:30am de un jueves de diciembre, pienso que va a ser un lindo vuelo, quiero que así sea, ya que por 25 o 30 días no voy a volar nuevamente por que estaré lejos.
            Despegamos, Caleu también quería volar, el viento está un poco cruzado a la pista, ascendemos, practicamos algunos giros con un molino de referencia y luego unos giros escarpados.
Cuando observamos, allí nomás, cerquita, teníamos compañía, un carancho volando, planeando, haciendo giros, aprovechando el viento y las térmicas. Con Caleu nos acercamos, como pidiendo permiso para jugar. Y así fue, comenzamos con el juego, el carancho gira lentamente hacia la izquierda, seguimos su giro, siempre quedando a su lado y un poquito atrás. Ahora giro y abajo, lo seguimos. Hacia el otro lado y arriba, lo seguimos pero quedamos más abajo, recuperamos posición. Estamos lado a lado, el carancho me mira, con su majestuosidad, impecable, las alas quietas y erguidas, la cabeza de costado, ese pico que le da un aire de seriedad, de respeto, yo lo miro, nos vemos, nos reconocemos, somos compañeros del aire, él con sus alas, yo con las de Caleu. Seguimos compartiendo el vuelo y el juego durante un rato que no tuvo tiempo ni intensión. Mi alma se llena, mi cuerpo lo disfruta.
Cuando pensé en este vuelo, quería un vuelo especial, ¿yo lo cree? ¿acaso yo hice que el carancho estuviera allí volando? No, no tengo ese poder. Pero si creo que tengo otros poderes, como por ejemplo el de ver oportunidades. ¿Hubiera existido este vuelo, así, tal como fue, si no hubiera distinguido al carancho volando? ¿Qué es lo que hace que lo haya distinguido? Yo creo que mi querer, el querer ese vuelo especial hace que tenga ojos atentos para distinguir las oportunidades que se me presenten.
Creo que las oportunidades siempre están, andan por ahí, vagando, oportunideando, esperando ser distinguidas primero y luego utilizadas, para poder realizarse ellas, para cumplir con su razón de ser.

El piloto disfruta del vuelo. (Cap. 3 del libro que estoy escribiendo)

Si me pregunto ¿qué encuentro en el vuelo?, o ¿qué es lo que hace que me guste volar?, me conecto rápidamente con placer y disfrute...